domingo, 10 de abril de 2011

¿Gobierno nervudo o gobierno nervioso?


¿Gobierno nervudo o gobierno nervioso?
-o la importancia de asociar conocimiento y política-



A
 partir de esta entrega, y bajo el paraguas del título, procuraré enfocar pequeños aspectos relacionados con el ejercicio del poder y el gobierno en general, sin que ello impida que los conceptos que esboce tengan validez hasta en las instancias más domésticas, como pueden ser la escuela, la familia o las simples relaciones interpersonales. Dejando por sentado, por supuesto, que el Poder, como tal, no existe por sí solo sino que siempre es el resultado de una interacción, como mínimo entre dos partes concomitantes o concurrentes.
He resuelto amparar lo que escriba en ésta y siguientes entregas bajo el duo Nervudo-Nervioso, más que por proponer dobles sentidos o por hacer atractivo un título, por hacer honor, justamente, al carácter interactivo del poder y su ejercicio. Interacción, la cual, se nutre de las capacidades de comunicación que tengan, respectivamente, los entes que entrañan ese ejercicio de poder.  Tan estricta consideraré esta condición que, si uno de los entes envueltos está poco comunicado o incomunicado, poco o ningún poder puede ejercer; más aún, poco poder se puede ejercer sobre el mismo ya que quien pretenda ejercerlo querrá hacérselo saber, de alguna u otra forma.
Es así que si Poder implica Comunicación, para el ejercicio del mismo es necesario garantizar y robustecer en medida idónea los canales de comunicación pertinentes.  Así tenemos que, en un organismo o sistema, por mucho o por poco estructurado y organizado que el mismo sea, cuanto más fuertes, vigorosas, variadas, distribuidas, interconectadas sean sus nervaduras,  más fluidas, genuinas y legítimas podrán ser las relaciones de poder que en el mismo se sucedan y manifiesten.
Esto, que pareciera verdad de Perogrullo, no ha dejado de sorprendernos en su alcance durante estos últimos días,  vistos los recientes eventos del norte del África.  Ayer mismo, había en la prensa declaraciones de un alto ejecutivo de la OTAN, afirmando que la solución de Libia no es militar: ¿Será de qué tipo? ¿Será que el nerviosismo de los tomadores de decisiones superó la capacidad de comunicación del sistema nervioso propio de ese país y del que lo interconectaba con la comunidad internacional? ¿Será que el sistema nervioso de ese país se robusteció tanto en los últimos años como para hacer factible la divulgación y multiplicación veloz de una protesta –tomando de paso por sorpresa al dictador-, pero no lo suficiente como para conseguir, o siquiera propiciar, un estado de equilibrio que, aunque precario, evitara segar tantas vidas?  ¿Será que el sistema no llegó a ser suficientemente nervudo?
Todas las dictaduras, y especialmente en aquellas donde quien domina se cree imperecedero y hasta inmortal, se caracterizan por tener sistemas nerviosos flacuchentos, enclenques. El poder de coacción del gobierno se manifiesta generalmente por la fuerza bruta, por el poder de fuego inclusive; y siempre que el poder de convicción ejercido por su propaganda se topa con los umbrales de tolerancia naturalmente impuestos por la dignidad de las personas.
Pero no es de Libia que quiero hablar. No tengo suficientes competencias para ello, más allá de las que me provee la lógica elemental de las cosas.

Lo que me interesa con esta entrega inicial, es proponer un marco para una serie de temas que espero desarrollar en los próximos días, los cuales, en un ejercicio de gimnasia funámbula, nos permitan caminar sobre el hilo conductor que ata Poder y Comunicación, el cual, quien a mi juicio más claramente lo ha estructurado en forma teórica y compendiado en una obra orgánica, hace ya unos cincuenta años, es el profesor Karl W. Deutsch, (Praga 1912-Nueva York 1992).[1]
Deutsch concibe la política no como un fin en sí misma, sino como un instrumento de aprendizaje social, llegando así a afirmar que “es más probable que la política funcione como un instrumento de supervivencia y desarrollo que de destrucción, siempre que se la guíe mediante intromisiones cognoscitivas”. 

O sea, en la medida en que la potencia del  Conocimiento esté más cerca de la Política, y viceversa, estaremos a salvo.



[1] Deutsch, Karl W. (1963). Los Nervios del Gobierno. Modelos de Comunicación y Control Políticos. (“2da. Reimpresión en español, 1980). Buenos Aires. (pp. 274).

jueves, 7 de abril de 2011

LA LEY DE DIÓGENES


La ley de Diógenes


P
ocos internacionalistas meritorios y reputados habrá tenido Venezuela en los últimos cien años, como aquel caballero de quien poco habíamos oído hablar hasta que en el 2008, Francisco Suniaga lo trajera a nuestra vida con su “Pasajero de Truman”, novela histórica que en 23 episodios distribuidos entre dos hilos narrativos bien entrelazados y aderezados nos brinda la posibilidad de iluminar para nuestro entendimiento y toma de previsiones a futuro, una de las épocas más oscuras a la que hemos sido sometidos por el virus del caudillismo despiadado e ignorante que por lapsos nos ha afectado en mayor o menor medida.
Uno de estos dos hilos que tejen la trama, es el que deviene de la conversación, casi monólogo, entre Diógenes Escalante y su fiel colaborador Humberto Ordóñez durante un vuelo especial Caracas-Washington que, seguramente, nunca apareció en la cartelera pública del aeropuerto de Maiquetía y que se efectuó empleando el avión especialmente enviado para la ocasión por el presidente Harry Truman, de los Estados Unidos. En esa conversación, Escalante se pasea por muchos de los eventos cruciales relacionados con su ambición cuyo fin último, pudiéramos decir que era “regalarle” democracia a su querido pero distante país.
Resulta que, y según nos cuenta Suniaga, mientras Truman estaba preparándose para su crucial y delicado encuentro con Stalin y Churchill en Postdam, para acordar nada más y nada menos que ¡la partición del mundo! y la consecuente territorialización de una división que hasta ese entonces había sido nada más que de ideas, cual era, la existente entre capitalismo y comunismo, transcurre una intensa conversación entre éste y Escalante quien, a su escala reducida, también se preparaba para un evento crucial y delicado para su vida y la de nuestro país, cual era, su encargaduría de la presidencia de Venezuela para un proceso de transición democrática que se esperaba fuese suave y manso,  sin la violencia fraticida que nos había marcado durante los anteriores cien años de historia.
A lo largo de esta conversación, rica en mensajes y signos de lo que ha sido nuestra vinculación con el “imperio”, destaca un pasaje que, más bien, busca retratarnos a nosotros como país, como lo que somos y como lo que muchas veces hemos querido pero no logrado dejar de ser.
Se trata del momento en que Truman habla quejoso de su llegada a la presidencia de su país sin haber pasado ni por Yale ni por Harvard, (p. 180). Escalante, al respecto, hace una referencia que, queriendo ser gráficos, pudiéramos catalogar como una forma de síndrome de patología mecánica. La idea se desprende de las palabras de Escalante a su amigo cuando le afirma: “…yo si había querido ser presidente de Venezuela… …Mientras más me iba formando y adquiriendo conocimientos, más ignorantes e incapaces me parecían quienes en mi país, desconociendo cómo se mueve el mundo, ejercían el Gobierno…”
Esta grave y elocuente afirmación es la que motiva este artículo y lo que me ha llevado a formular lo que me ha parecido razonable bautizar como la Ley de Diógenes. Según la misma, y en algunos períodos de nuestra historia más que en otros, el  talento, el conocimiento y la preparación para el trabajo, han tenido una especie de comportamiento centrífugo que ha alejado de los centros de decisión a los más capaces e idóneos. Tanto, que me atrevería a proponer un lema que, aunque negativo y penoso, consistiría en formular una relación estructuralmente inversa entre el talento de las personas y el ejercicio del poder político, como dos instancias que se repelen cada vez más en la medida en que la una y la otra intentan acercarse.  Sabemos que los cuerpos en el Universo, más bien se atraen en proporción  inversa al cuadrado de la distancia que los separa. O sea, cuanto más cerca, más se atraen. En nuestro caso, faltaría determinar qué tipo de ley matemática regiría la repulsión delatada por Escalante. Una ley que, sin lugar a dudas, separaría el talento del poder en relación directa a la distancia: mientras más sabes, menos te quiero y cuanto más lejos te quedes, pues mejor para todo el mundo. Faltaría sólo saber, si es que importara tal lujo de detalle, si las proporciones entre una cosa y la otra respetan una ley lineal, cuadrática o, inclusive, exponencial. Quedará el asunto como materia de investigación para siguientes reflexiones, o sea, la expresión matemática de esta ley que nos serviría para entendernos cada vez mejor y pronosticar con mas tino nuestro futuro. Así que inspirémonos en Newton y pesquemos la fórmula que, de manera antigravitacional, estaría vinculando Talento Vs. Poder político.[1]. 
Ironías aparte, me parece que el tema es de tanta importancia que, ningún país serio y exitoso del mundo lo ha descuidado, y que no debe confundirse con una apología al elitismo o a la tecnocracia, como sistemas políticos claramente identificados en la literatura especializada y relacionados con delegar el ejercicio del gobierno en manos idóneas.
¿Si no procuramos que nos gobiernen los mejor preparados para gobernar, quién podemos aspirar nos gobierne mejor?



[1] Quien desee hacer repaso rápido a la ley de gravitación universal de Isaac Newton, puede revisar el siguiente enlace:  http://es.wikipedia.org/wiki/Ley_de_gravitaci%C3%B3n_universal