sábado, 25 de enero de 2014

Sumar-sumar, antes de que nos maten en el intento

Sumar-sumar, 
antes de que nos maten en el intento



D
esde los días siguientes a la última de las convocatorias electorales venezolanas se ha desatado en el país, en los lados de la no siempre bien llamada Oposición, un reiterado pero confuso cuestionamiento a los procedimientos y principios de actuación diseñados y puestos en práctica por la MUD, lo cual, veo decantando en una pérdida del liderazgo labrado y alcanzado en los últimos años, no sin considerables esfuerzos y riesgos, por el gobernador Henrique Capriles.
No soy caprilista, ni soy analista político profesional, ni tengo mayor interés en este asunto que el de un ciudadano quien, aparte sus ocupaciones y exigencias de vida dadas por una ciudad violenta y desabastecida como Caracas, tiene el privilegio de contar con un espacio de reflexión dentro del ambiente universitario que le permite pensar de manera sistemática, aunque modesta, en Democracia.
En tal carácter surgen las siguientes líneas.
En primer lugar pienso que la desconexión social que hoy vivimos en Venezuela, es algo que nos hemos ganado y que, en su origen, no nos la impuso nadie. Somos responsables todos, unos más otros menos y, aunque como individuo me cuesta encontrar aquello que hice mal y que ayudara a provocar este estado de cosas, como parte del grupo generacional al que pertenezco he llegado a la conclusión de que fallamos; fallamos estrepitosamente y no tenemos manera de dejarle a nuestra descendencia una herencia menos onerosa que la supuesta por la inmensa deuda que exponencialmente acumulamos en los últimos lustros: Y no me refiero a la sola deuda financiera que el país ha contraído con chinos y otros afilados prestamistas internacionales, sino a la supuesta por el enmarañado entuerto social y político en el que ha quedado convertida hoy Venezuela.
En segundo término, creo que la confrontación que de manera inédita hemos alimentado en los últimos dieciséis años participando en tantas competencias electorales de dudosa validez, más allá de alimentar una ilusión de democracia, nos ha terminado provocando el desencanto propio de quien sale derrotado después de reiterar de buena fe en un juego que de antemano sabe va con cartas marcadas, con dados cargados.  Pero resulta que, si se quiere como compensación, a lo largo de esa confrontación electocrática ­­-que no democrática-, se ha podido materializar un proyecto de asociación o alianza que, bajo el acrónimo MUD, ha supuesto una coalición, si no de ideales, al menos de valores, y para un programa de trabajo que se supone devolverá al país una paz que inexplicablemente nos abandona.
Sabemos bien que toda reunión de personas está hecha de coincidencias y diferencias, de superávits y déficits, Y que funcionan tales reuniones gracias a que lo primero supera en cuantía o importancia a lo segundo. La MUD no escapa a esta característica. Sólo que hoy, desgastados como estamos, incrédulos y casi desesperados por ver un adecentamiento de las instituciones públicas y privadas, y por conseguir un país más vivible, pretendemos soluciones distintas a las practicadas, y criticamos la manera como la MUD ha propuesto hacer las cosas: Que tomemos la calle, pero nadie dice cómo y cuándo ni valora su eficacia y sus riesgos. Que María Corina o Leopoldo lo habrían hecho mejor que Henrique, pero nadie asoma la calidad de esa manera mejor. Que mejor nos vamos y que otros arreen el muerto, pero nadie dice para dónde irse, ni cómo, ni organiza las exequias del supuesto cadáver.
Yo creo que estamos inmersos en una tremenda confusión que, por un lado nos lleva a despreciar los aciertos y, por otro, a sobre estimar las carencias de la MUD.
Más allá de los análisis que supongo ellos habrán hecho en su seno, yo creo que muchos estarán de acuerdo conmigo en que el principal activo de la MUD es la suerte de confederación de voluntades que, de manera estructurada o no, ha logrado acumular. Y también deben haber muchos, de acuerdo conmigo en que la principal carencia de esa mesa mal servida es una tremenda falta de comunicación con el país entero, que no dudo en decir se pudiera aún resolver con un mejor Marketing. Y me permito escribir este anglicismo con mayúscula y en cursiva porque considero, hoy más que nunca, urgente e insoslayable la cobertura de esta deficiencia.
Hacer el Marketing implica muchas cosas: en primer término suplir las faltas de comprensión sobre lo que somos como país y como individuos, social y políticamente hablando, luego, entender mejor las aspiraciones y preferencias de los ciudadanos, inclusive, comprender qué entiende cada uno por la palabra ciudadano. También, gerencialmente hablando supone unos objetivos a alcanzar, unas metas,  unos recursos, unas inversiones, unos beneficios y sin duda lo más importante, una comunicación racionalmente estudiada e implementada que garantice que todos podamos ubicarnos en el rol que mejor sabemos ejecutar y qué podemos esperar de ese ejercicio.
Hoy, la mayoría de nosotros inclusive los mejor informados, no tenemos idea de qué planea la MUD hacer en los próximos meses frente al país, ni tampoco el candidato Capriles. No dudamos de que trabajan, pero no sabemos en qué: qué cronograma de eventos visualiza, cuáles son las valoraciones de país que está haciendo, qué propone respecto a cada una de las cosas que nos están dolorosamente afectando: abastecimiento de los mercados, seguridad pública, servicios de salud, eléctricos, de información y comunicación, de aguas, de política comercial, seguridad jurídica, libertad de pensamiento y de acción, etcétera.
No sabemos nada de nada, sólo que vamos agotándonos y que nuestras reservas físicas y morales van cayendo vertiginosamente, y que se está perdiendo una oportunidad dorada de conectar a los venezolanos todos, rojos, menos rojos y de todos los demás colores de la paleta política, alrededor de un proyecto que signifique algo más que criticar lo que uno u otro personaje del gobierno hace o deja de hacer. Un proyecto que convoque a los que puedan y quieran aportar, cada uno en el campo de su dominio.
No veo a la MUD como un partido. Pero tampoco la concibo como una simple máquina electoral. Más bien la quisiera pensar como un ente suprapartidista que, con visión de helicóptero pero con vocación de carpintero, funja como agente responsable de disciplinar la reconstrucción de una sociedad que no puede esperar más a que nombren en la presidencia a tal o cual persona para empezar a reformularse. No creo alcancemos a tolerar ya, por mucho más tiempo, la erosión sostenida de nuestro capital humano, bien sea por desgaste o por migración.
A los efectos, se me ocurren valiosos dos movimientos urgentes concretos:
a)     Que los diputados que con mayoría nacional de votos elegimos hace varios meses a la Asamblea, nos digan semanalmente en qué emplearon su tiempo, qué asuntos de interés público ayudaron a controlar y qué leyes están diseñando o tienen en mente hacer valer una vez que cesen los poderes especiales del presidente. (Y vaya otro anglicismo: accountability)
b)      Que las autoridades de la MUD designen algo así como un Gabinete Sombra, con personas calificadas e identificadas para cada rubro, que se dedique a hacer contrapeso comunicacional a la acción de gobierno, genere opinión y oriente y coaligue las voluntades de la ciudadanía dispuesta a la reconstrucción.
Serían ambas cosas el caldo de cultivo necesario y suficiente para que podamos hacer el marketing al que me refiero. No hacer ese par de movimientos, o algo equivalente, contribuiría a poner morado este otro caldo de desesperanza en el que vamos sumergiéndonos.
Es un salto conceptual el que se impone para la búsqueda del significado del país que necesitamos y queremos, donde lejos de los populismos de distinto color y género podamos ensamblar, apartándonos del cortoplacismo de las encuestas electorales y cuidando no embarcarnos en el reinvento de la pólvora democrática, las mejores iniciativas para un bienestar que hoy vemos diluyéndose en esfuerzos de poco valor añadido pero de un inmenso costo individual que no sabemos hasta dónde seremos capaces sostener antes de morir acribillados por una de las balas que sí parecieran responder a un plan de marketing bien estructurado, que es el de nuestra industria de la muerte.  


viernes, 4 de octubre de 2013

Ernesto Cobo García, se asoma a La Puerta de la Asociación Española de Escritores de Terror

La Puerta, de Ernesto Cobo García
 
La literatura de terror nunca fue el género preferido de los escritores españoles, algo que, por suerte para os amantes de la literatura de terror (en sus distintas vertientes: terror-ciencia-ficción, terror-thriller, terror-sobrenatural, etc.) ha ido cambiando progresivamente con nuevas generaciones de escritores hispano-parlantes que aderezaron el clásico género de H. P. Lovecraft o Stephen King con imágenes e idiosincrasias propias. La conclusión es un sincretismo literario que eleva a una nueva categoría la literatura creada en el mundo latino.
 
De este crecimiento y esfuerzo por conseguir difusión y masividad, nace el Nocte, una suerte de Asociación Española de Escritores de Terror, conformada por grandes talentos como Víctor Conde, Emilio Bueso y, por fuera y de modo más reciente, escritores como Javier Haro Herraiz.
 
En este grupo es imprescindible sumar un nuevo escritor perteneciente a la misma «generación del terror», cuya novela, La puerta, valga la redundancia, ha entrado por La puerta grande de la literatura de terror rompiendo todos los esquemas esperables del género. Su nombre es Ernesto Cobo García y, pese a ser su primera novela, habrá que tomarlo en serio.
 
Ante todo, La puerta, es una novela contundente, edificada a través de la voz de la periodista Joanna Leire —muy creíble—, una suerte de «narradora presencial» que guía al lector y lo sumerge en una historia sólida, bien estructurada, cuyo final está a la altura de la intriga que generan sus 432 páginas.
 
Es un acierto del escritor dotar a la historia de una suerte de subtrama, en clave thriller, que eleva el clima de terror psicológico con acertados cliffhangers, que hacen imposible dejarla de leer.
 
En el comienzo, la aparición de los cuerpos sin vida de una misma familia crea en los habitantes de una pequeña ciudad una reacción inusual, hipnótica y de la que nadie guardará recuerdo alguno. En este sentido será, justamente, la periodista Joanna Leire la encargada de cubrir la noticia y, tras revivir gracias a una grabación de vídeo los sucesos acaecidos aquella noche, iniciará una investigación que la conducirá a un misterio cuyo desenlace se antojará cada vez más oscuro.
 
Tan sólo una persona, Marcos, es consciente de los sucesos acaecidos y, presa de terribles pesadillas, sufrirá una siniestra transformación que lo llevará a convertirse en la pieza clave de un macabro plan. Un plan que atrapará a todos los personajes, uniéndolos a través de un hilo invisible y cuyas terroríficas secuelas serán irreversibles.
 
Para los amantes de la —buena— literatura de terror, La puerta, de Ernesto Cobo García, se antoja como imprescindible, un hallazgo a la altura de los grandes clásicos del género.
 
 
Fuente: http://www.falsaria.com/blog/la-puerta-de-ernesto-coto-garcia/

jueves, 27 de junio de 2013

Homenaje a William Ramírez


Homenaje
27-06-13



Escribir, para qué. ¿Para aliviar la pena? ¿Para documentar el dolor? ¿Para dejar dicho cuánto mide ese dolor? 
Escribir es dejar sembrado algo, poner en fermentación un humor, intentar la germinación de la simiente, comprobar si existe o no terreno fértil. Sólo que, ni el humor de hoy, ni este terreno convertido en escombros, podrán hacer germinar nada que se pueda equiparar a la fecunda humanidad del amigo ido. William Ramírez Molina.
Ido y presente, inabarcable a la vez que cobijable, todo y nada. No habrá manera de remplazar tus esencias y modos, no habrá manera de siquiera aproximarse a tus amorosas formas de entender al otro, de tener al otro en ti mismo. Otro que somos todos los que te quisimos y estuvimos, y otro que eras a la vez tú mismo.
Ingeniero de genio, crisol de saberes, maestro, gerente de gerentes, cazador de futuros, arte y ciencia juntos, padre de padres, hermano, sencillamente amigo.

Que consigas espacio confortable en ese Más Allá sobre el cual algunas veces especulamos; que en la compañía de tu hermano Carlos, que resolvió seguirte en este otro viaje, consigas y te encuentres en breve con tu otro admirado hermano, Karol Wojtyla, quien acompañara muchos de tus rezos y oraciones por la vida. Que puedas continuar ligero el camino que con entusiasmo emprendiste entre nosotros, aquí sobre esta tierra a la que hoy devolvemos tu cuerpo.

Padre nuestro que estás en los cielos, santifica esta alma que bien te representó. Te lo pedimos. Sus deudos todos, hijos, hermanos, parientes, y amigos. Amen.

miércoles, 20 de febrero de 2013

El Tesoro de Ispica, ilustrado

Graciela Bonnet, mi editora, acaba de publicar en el blog de Memorias de Altagracia, el "Tesoro de Íspica", uno de los relatos de mi "Manual para el más allá", ilustrándolo de manera muy acertada con una imagen de Charles Clyde, la cual, –quién sabe-, entre sus sujetos pudiera tener a alguno de los descendientes de Diego, protagonista del "Tesoro". 

http://edimemorias.blogspot.com/2013/02/el-tesoro-de-ispica-por-enzo-pittari.html 

 



                                            Charles Clyde, abbets, NY 1950
-I-
Todos aseguraban que bajando por aquella profunda escalera podía encontrarse en algún punto de la oscura gruta un vasto tesoro encantado, capaz de enriquecer a los  casi catorce mil habitantes de la población de Íspica.  Se afirmaba que una enorme fortuna había sido sepultada por un pirata turco en el transcurso de alguna de las tantas refriegas acaecidas en la costa sur oriental de Sicilia, cuando por más de diez siglos y hasta los primeros años del ochocientos, decenas  de embarcaciones de corsarios musulmanes asolaron a cada uno de los pueblos de ese litoral. 
La tosca escalinata, que penetraba la roca valiéndose de sus doscientos ochenta irregulares peldaños, surgía de la tierra como antesala y parte inseparable de la larga cueva que conducía al lecho del extinto río, el cual, le garantizó el agua necesaria al viejo castillo de El Carmen durante los tantos asedios sufridos.  La gruta era famosa por esta singular gradería y por el inestimable tesoro que se decía ocultaba; de lo contrario, habría podido confundirse entre las tantas otras cuevas visibles en el surcado valle, cuya amarillenta y escabrosa roca calcárea emerge horadada tanto, por la naturaleza que la adornó con múltiples túneles, como por el hombre troglodita, cuando a lo largo y ancho de sus paredes excavó las numerosas habitaciones que en su conjunto aparentan una suerte de castillo primitivo resultante de la superposición en secuencia horizontal y vertical de estrambóticos e irregulares cubos huecos.  
La escalera, era punto de encuentro de los varones del lugar durante su niñez, cuando iban a cazar salamanquesas bajo la creencia de que su muerte redimiría siete de los pecados acumulados por su impenitente captor. Para cualquier muchacho era mucho más fácil y divertido ganar indulgencias quitándole la vida unos cuantos animalitos que someterse al rigor religioso de confesiones y rezos.  En la adolescencia era usual aventurarse en la oscura profundidad de la escalinata empleando una común lámpara de aceite. -A Íspica la electricidad aún no había llegado-. 
-II-
Durante las frías noches invernales los hombres usaban reunirse alrededor de una jarra de vino. Era frecuente entonces que surgiera el tema del misterioso tesoro; se discutía y conjeturaba sobre cómo alcanzar el codiciado objeto.  De dominio público era que quien tuviera valor, fuerza y poderes suficientes para deshacer el encantamiento tendría que internarse en la gruta sin linternas. Omitida esta premisa, inhibidora de curiosos o cobardes, la polémica se centraba en determinar cuál sería la táctica eficaz para romper el centenario hechizo. Exponían sus ideas gesticulando todos a la vez y tornando el amistoso jaleo en un guirigay, que se aquietaba sólo cuando alguien asomaba un método de apariencia  tan novedosa y efectiva que lograba atraer la atención de los demás,  lo que de inmediato lo convertía en líder de la tertulia y en potencial protagonista de una tan prometedora empresa.
Una noche, Diego llamó la atención al compartir historias de su difunto tío Gaetano sobre ceremoniales mágicos, hechizos y encantamientos, resultando muy verosímil para sus contertulios.  Se trataba de un joven alto y fornido quien trabajaba en las canteras y resolvía encargos pesados de la gente del vecindario, siendo capaz de cargar moles de piedra o cuentas de leña y transportarlas sobre su espalda por largos trechos. Era huérfano único de padre y madre de quienes había heredado la humilde casa donde vivía solo. 
Aupado por sus amigos Diego pasó el fin de semana rebuscando en los surcos de su memoria a fin de recapitular las singulares historias que una y más veces había escuchado del hermano de su madre.   Aquello que alcanzó recordar le bastó para idear un método apropiado a los fines propuestos. Además, desde la última noche de tertulia, no había dejado de sentir una cierta picazón en la palma de su mano izquierda, lo que le recordaba a su padre, quien cada vez que sentía hormiguear su zurda aseguraba que venía dinero en camino.  
Diego resolvió acometer la empresa estimulado por su vivo presentimiento de éxito y no sin los naturales temores que la misma suponía.
Durante la siguiente reunión informó la novedad a sus amigos.  Evitó revelar detalles sobre el ceremonial, el cual permanecería siempre secreto, pero informó que, atendiendo a la condición estricta de llegar hasta el lugar sin linternas, acometería su exploración durante la próxima noche de plenilunio, llevando consigo la sola luz de su propia memoria. –Diego descartó comentar que en luna llena solía agudizársele el olfato, la vista y demás sentidos-. Por último, añadió que se apertrecharía con una pala mediana, por cualquier evento.
Se mostraba confiado: desde su infancia había subido y bajado innumerables veces hasta el último peldaño de la escalera; claro, sin proseguir hacia las profundidades ni interesarse por nada que no fuera la captura de una que otra salamanquesa.  Algunas veces se valió de una linterna, otras, osó ir a oscuras; muchos de los resquicios y grietas del primer segmento del trayecto le eran conocidos a la vista y, lo que era más importante, al tacto. 
-III-
La noche prevista para el descenso el cielo estaba muy despejado, las siluetas de los objetos, paisajes y personas lucían nítidos; sus amigos y una gran cantidad de curiosos se aglomeraron a la entrada de la gruta.  A su llegada Diego fue aplaudido y exhortado por su empresa.  Aquello parecía una fiesta patronal. Por su lado mantuvo un silencio inusual, no intercambió saludo alguno.  Parecía como si hubiese separado su espíritu de su entera humanidad enviándolo como vanguardia en la gesta que iniciaba.  Su cuerpo era lo único que el gentío aupaba.  Esta rara actitud de Diego podía ser justificable pues su misión no admitía distracciones.  
Inició la marcha. Antes de poner pié en el primer escalón se persignó y encomendó al patrono San Jorge.  Iba vestido como para las canteras: pantalones y camisa de un pesado algodón ocre.  Por cierto, para esta ocasión decidió no calzarse; mas sí llevaba calado el sombrero negro de ala corta legado de su tío antes de morir.  Consigo iba la pala, amarrada a su cintura con un largo pañuelo gris. 
Desde sus primeros pasos tuvo mucho cuidado. Extendiendo sus brazos a todo dar palpaba ambas paredes de la gruta al mismo tiempo, si alguien lo hubiera visto habría imaginado una cruz en marcha. Sus pies desnudos leían el terreno; reconocía también olores familiares que cambiaban en progreso: en las cercanías del portal de la cueva predominaba el aroma a hierba, al interior, la atmósfera se hacía pesada, mohosa y, en ocasiones, repugnante.  Los sonidos de su respiración y del roce de su cuerpo también variaban al internarse en la tierra, la caverna actuaba como un cuerno acústico, a pesar de sus rugosidades que no impedían el eco.   Tuvo más cuidado en las partes más anchas, donde el suelo se hacía más liso y húmedo,  prefiriendo caminar de perfil apoyando una a una sus manos sobre alguna de las paredes de la cueva, cual si fuera un cuadrúpedo erecto. No había sentido miedo, seguro de  que en aquella oscuridad de solidez plomiza, los únicos animales que podía encontrar eran las archiconocidas y pacíficas salamanquesas que muchas veces llegó a sacrificar para evitarse una penitencia. No llegó a caerse en todo el trayecto pero sí recibió algunas heridas sangrantes en brazos y piernas, debido a las rústicas protuberancias de la roca que actuaban como bayonetas empuñadas a capricho por las sinuosas paredes de la gruta. En compensación, pudo ocasionalmente valerse de estos salientes como asideros para impulsar su propio cuerpo.
Una vez superado el escalón número doscientos ochenta, Diego extendió sus brazos hacia su izquierda; continuó palpando palmo a palmo la húmeda piedra y empleó pasos cada vez más comedidos.  De acuerdo  con su plan, su tacto sería su guía prioritaria, luego confiaría en su olfato, en su oído y, como último recurso, su vista. ¡Sí, su vista!
Tenía previsto llegar hasta la profundidad de la cueva, a lo que había sido el nacimiento del río.  Notaría la cercanía de su objetivo al percibir un penetrante olor sulfuroso, después de lo cual, daría inicio a las oraciones e invocaciones destinadas a conjurar el encantamiento que con mucho cuidado había preparado y ensayado remembrando a su tío.  Deshecho el hechizo, y previa la escucha de música o voces, vería un rayo de luz incandescente muy blanca, el cual, a partir de la cúpula de la cueva incidiría en un punto específico del tenebroso espacio como señal inequívoca del sitio a enfocar para la búsqueda del tesoro.
Prosiguió su marcha y el olor a podrido fue haciéndose más pronunciado, agudo y nauseabundo. ¡Era una buena señal!  
-IV-
Diego se sentía agotado, aunque no había ocurrido nada imprevisto en su plan. Enfatizaba y afinaba sus distintos sentidos; sabía la importancia de captar a tiempo cualquier variación en los sonidos del ambiente, en la temperatura. Cualquier indicio de cercanía era crucial.
Concentraba con afán todas sus energías y pensamientos, cuando algo imprevisto lo sorprendió: el suelo, de repente, empezó a perder consistencia tornándose dúctil, reblandeciéndose. No tanto como para impedirle caminar, pero sí como para alimentarle inseguridad y temores razonables.  En la misma medida en que el piso aflojaba su limosa dureza, en su cabeza sucedían cosas también extrañas; de pronto, se le hizo visible un vibrante rayo azulado que fue a dar a una parte de la roca ubicada frente a él, iluminándola con un brillo deslumbrante. De manera paulatina la piedra reluciente comenzó a deformarse sin romperse, como una masa elástica de textura y espesor parecidos al de las mezclas de arcilla de los alfareros. -No había en el sitio nadie visible que produjera en la roca aquellos suaves y sensuales movimientos, aunque lucieran como inducidos por un forzudo escultor-.  Mientras presenciaba estupefacto el extraño fenómeno, aumentaba paulatinamente su sorpresa,  más aún cuando la roca fue adquiriendo la forma de un gigantesco rostro. Y no era que se estuviese consolidando el relieve estático de una figura humana; se trataba de la formación progresiva de una imagen cuyos movimientos le daban vida. 
De súbito, la espeluznante efigie terminó de definirse como la cara de una mujer muy fornida, una diosa imponente de gruesos labios y prominentes mejillas. Los pómulos de este ser fascinante y soberbio se hinchaban y deshinchaban como globos, con rítmica lentitud.  Diego observaba aquello atolondrado, lo que no le había impedido contar las veintiocho veces consecutivas en que las mejillas del admirable ser se habían abultado retornando luego a su posición de reposo.  De pronto, con desbordante fuerza, el temible rostro adoptó una actitud grave y solemne, movió la  boca y articuló palabra.  Con voz clara, potente y reverberante le ordenó acercarse. 
Cuando Diego se aproximó, los ojos de la fantástica dama se abrieron cual enormes ventanas, como profundos agujeros a través de los cuales se hizo visible un inmenso y relumbrante caudal. Había de todo: pulseras y collares, finamente tejidos con filigrana de oro; monedas de distinto tamaño,  también de oro; destellantes y enormes diamantes, rubíes, esmeraldas y demás piedras preciosas; copas y platos con incrustaciones de brillantes; todo organizado, clasificado y dispuesto en veintiocho baúles de distinta capacidad.  De manera repentina y asombrosa el encantamiento parecía haberse deshecho y Diego sentía estar a punto de alcanzar el codiciado tesoro que los haría riquísimos, a él y al resto de sus coterráneos.
Enseguida, pensó en el modo de transportar aquella inmensa fortuna. Se le ocurrió buscar ayuda, pero antes, no conforme con lo que sus ojos veían, quiso asegurarse de que aquello no fuese producto de una alucinación o de un probable estado de sugestión debido al cansancio que lentamente lo dominaba.  Sabía que de sus cinco sentidos, era el tacto el más confiable y convincente a la hora de percibir los objetos, así que empleando como palanca la pala que traía consigo, decidió saltar a través del ojo izquierdo del gigante. Se impulsó y, al poner pié al otro lado, donde se apoyaba aquella colosal abundancia, se produjo de inmediato un ruidoso chispazo acompañado de una enorme y densa nube de humo sulfuroso que cubrió totalmente el tesoro, el cual, desapareció repentinamente como si hubiera sido potentemente aspirado o tragado por la misteriosa mujer.  En su lugar, apareció un gigantesco montón de hojas secas.
Diego no lo podía creer, se zambulló en la pila gritando:
 - “¡El tesoro!, ¡el tesoro!, ¡dónde está el tesoro!...” 
De repente, de entre la hojarasca comenzaron a aparecer montones de gallinas que, moviendo desesperadas sus alas, trataban de escapar a través de la boca de la diosa, quien la había abierto de modo repentino.  Diego, aterrado, trató de huir velozmente cuando resbaló de manera estrepitosa. 
Las gallinas habían logrado subir en bandada la escalinata, llegando a la salida de la gruta y sorprendiendo al gentío que aún permanecía esperando el regreso de Diego con las noticias de su expedición. La multitud, asombrada por aquella inesperada cantidad de aves que revoloteaban despavoridas chocando entre sí y contra sus cuerpos, huyó horrorizada de modo que, en pocos minutos, el portal de la cueva había quedado totalmente abandonado.
Diego se había recuperado de su caída y, aprovechándose de la potente luz del rayo que aún iluminaba su mente, había podido superar también él los doscientos ochenta peldaños más rápido que nunca. 
Al llegar, desilusionado por no haber encontrado ni una sola de las almas que lo habían aplaudido al inicio de su hazaña, comenzó a sollozar como un niño, tiró el sombrero y emprendió lentamente el camino a su casa.
Desde aquel entonces, nunca más regresó a las tertulias donde aún se discute sobre cómo romper el antiguo hechizo.    
                                                                            
Caracas, Agosto 2009.
Este relato forma parte del libro "Manual para el más allá" editado en 2012
 

jueves, 20 de septiembre de 2012

Sin sangre azul ni corona

Comparto en mi blog el post de Lesbia Quintero, con las palabras de presentación que tuve la oportunidad de hacer ayer para el bautizo del reciente libro del profesor Jorge Rivadeneyra, "Sin sangre azul ni corona", editado por la Fundación Lector Cómplice. Fue un placer. 
https://www.facebook.com/notes/les-quintero/sin-sangre-azul-ni-corona/122091394605634 
 Aquí, las palabras:
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Sin sangre azul ni corona
de Jorge Rivadeneyra

E
l profesor Jorge Rivadeneyra nos abre hoy las páginas de ‘Sin sangre azul ni corona’, lo más reciente de su ya amplia y fructífera producción literaria, mucha de la cual, pensada y escrita para acompañar su también vasta y rica carrera académica.
¿A qué nos aproximamos?
A primera vista, el título podría sugerir que estamos ante un libro de cuentos de hadas o frente a una de las muchas historias tejidas alrededor de reyes, emperadores, príncipes azules y princesas de bocas de fresa. Pero no; no es de criaturas fantásticas ni de monarquías propiamente dichas de lo que viene a hablarnos el profesor Rivadeneyra, sino del atisbo de un tal sistema de gobierno que en nuestra América Latina estuvo a punto de cuajar hace ya unos doscientos años, y cuya amenaza de establecimiento ha seguido y aún sigue cerniéndose sobre nosotros, de manera explícita a veces, otras, solapada: Poderes centralizados  y gobiernos vitalicios han sido  ambicionados por una buena mayoría de los gobernantes de nuestros países latinoamericanos, quienes han pivotado muchas veces  alrededor de las ideas de la no-democracia, o de las democracias nominales con hegemonía personalizada en un caudillo. Cuba es tal vez el máximo exponente de este esquema, por no mencionar otros ejemplos no tan próximos.
Cuando nos preguntamos por los orígenes remotos de esta costumbre centralista y de poderes heredables, no conseguimos una respuesta sencilla, así como, por cierto, no se encuentran respuestas sencillas para nada que tenga que ver con la complejidad de un devenir histórico como el americano a partir de la llegada de Colón.
Jorge Rivadeneyra, abogado, doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales, doctor en Filosofía de la Historia, coordinador de Fundaciones y Consejos Académicos interesados en escudriñar muchas de las inquietantes verdades latinoamericanas, profesor de varias universidades de nuestra región entre las que destaca nuestra querida Universidad Central de Venezuela, ha dedicado gran parte de su vida a descifrar el enigma de esta vocación de dominio exclusivo y excluyente ejercida por muchos de nuestros gobernantes. En el libro que hoy nos entrega plantea una aproximación según la cual, nuestro mismísimo héroe máximo don Simón Bolívar, Libertador de las Américas, fue quizá el primero de nuestros líderes quien, sin que podamos sospechar que por sus venas circulara sangre de tinte distinto al rojo característico, o que tuviera secretamente guardada en algún cofre ignoto la corona de algún zar que le hubiese bajo cuerda precedido, pretendió e hizo todo lo posible por convertirse en el emperador y gobernante máximo y vitalicio de todas las tierras por él libertadas.
Así, en los nueve capítulos de este nuevo libro del profesor Rivadeneyra, podremos encontrar referencias muy claras sobre este pasado no tan remoto, las cuales, tanto nos interesan, como que aún no hemos logrado execrar del todo, en nuestra región, el peligro de padecer autarquías declaradas o solapadas.  En las menos de cien amenas páginas de Sin sangre azul ni corona, Jorge nos ofrece la posibilidad de participar en una excursión en la que, una vez citado el célebre Yo Supremo de Augusto Roa Bastos, pasamos a preguntarnos si ha sido o no la muy rayada retórica anti-imperialista lo que ha motivado o justificado muchos de los sistemas tiránico-autárquicos establecidos en Latinoamérica, o si, más bien, no habrá sido una genética monárquica lo que ha salido siempre a flote cuando hurgamos en la evolución rizomática de nuestro proceso republicano, según la cual, la verdadera motivación de las guerras de independencia no habría sido el deseo de acabar con el dominio español, sino la de encontrar la manera de que el Rey de España reconociese privilegios peninsulares a los indianos o españoles nacidos en el Nuevo Mundo.  De acuerdo a esta tesis, no sólo la insurgencia acaudillada por Bolívar o San Martín tendría inspiración monárquica, sino que el mismo pueblo, cansado de pasarla mal, habría llegado algunas veces a gritar ¡viva el Rey, abajo el mal gobierno!
Dentro de esta misma búsqueda de causas, llega a catalogar Jorge nuestro “republicanismo” como una enfermedad según la cual, partiendo de que todos somos iguales, todos queremos ser superiores. De allí que, al tiempo que San Martín proponía resolver esta dificultad con la creación de la figura de un príncipe vernáculo, Bolívar sibilinamente proponía resolverla con la creación de una presidencia vitalicia, que no sería otra cosa que la versión criolla de la monarquía.
Así las cosas, Rivadeneryra aprovecha de hacernos participar en un excurso donde aborda referencias que conservan curiosa actualidad: el arrase de instituciones encabezado por Boves; la entrega de soberanías motorizada por ambiciones siderales y con fines narcisistas de algunos de los conductores de la independencia; el uso de la violencia para monopolizar el poder; la patria como negocio y la riqueza obtenida como posesión de tesoros y no como producto de la laboriosidad humana; y otros estigmas histórico-culturales que nos dificultado entender y asimilar que nuestro tan buscado enemigo muy probablemente lo llevemos dentro y que la responsabilidad de nuestro devenir es, definitivamente, propia e indelegable. 
Como sugiere Jorge en otro de sus exquisitos libros, Mito y utopía en la cultura de América Latina, y que cito para cerrar esta presentación,  muchos han creído que todo lo podemos resolver con un (y comienzo la cita) …sésamo ábrete ... el gobierno administra los yacimientos … al gobierno se llega afiliándose al partido … hagan cola señores. Con mucha paciencia, que ya llegará el turno … Desde luego no todos hacen cola …  no están dispuestos a esperar eternamente … apuestan a los caballos, compran la lotería… (cierro la cita)
Y digo yo, finalmente:
¿Será que, como apunta Jorge en el epílogo de su libro, debemos dejar de remover tumbas so pena de asfixiarnos en la hedentina?
¿Será que de una vez por todas debemos dedicarnos a trabajar sabiéndonos capaces de construir nuestro propio futuro bajo el signo de una democracia moderna, con instituciones y un estado fuerte que reconozca nuestro estatus de ciudadanos normales, y responsables de nuestros éxitos y errores?
Estoy seguro de que en estas páginas que Rivadeneyra deja hoy en nuestras manos, hay insumos valiosos y orientaciones para que cada uno de nosotros consiga mejores respuestas a muchos de los asuntos que nos atosigan, así como reforzada inspiración para la construcción de una ciudadanía que nos permita mejorar nuestra propia forma de vida.
Gracias Jorge por este nuevo aporte al acervo ya rico que nos has legado. Mis felicitaciones y mi deseo por el mayor éxito, para ti, para tu familia y para tu obra.

Enzo Pittari / Caracas, septiembre 19, 2012.
 

lunes, 10 de septiembre de 2012

Reseña de "La revolución sentimental" en Quéleer









La revolución sentimental
Enzo Pittari

Cualquiera que formalmente investigue sobre el fenómeno del poder en Latinoamérica, al revisar archivos y bases de datos sobre la literatura relacionada, se encontrará con que durante los últimos años se ha incrementado notablemente la cantidad de artículos y ensayos que tratan, de alguna manera, este experimento venezolano que se ha dado por llamar el socialismo del siglo veintiuno. Cientistas sociales, escritores y periodistas de distintas latitudes se han interesado más que en otros tiempos por Venezuela. Pero no por ello todo está dicho. Y mucho falta aún para entender y divulgar a cabalidad sobre este proceso social –y más que nada político- que nos ha tocado protagonizar a los venezolanos durante los últimos tres largos lustros.  Lo que sí podemos afirmar sin dudas, es que La revolución sentimental de la periodista española Beatriz Lecumberri no es un escrito más. Leído inmediatamente después de que el mismo fuera presentado el pasado jueves 30  de agosto en la librería Lectura I de Caracas, la primera sensación que me ha quedado es la de agradecimiento. Creo que como venezolanos podemos sentirnos satisfechos, por un lado, por el especial interés que Beatriz ha tomado en nosotros a fin de entendernos e interpretarnos, y luego, porque lo haya hecho de esta manera tan fluida, cercana y objetiva, propia de un periodista acostumbrado a llegar hasta la fuente primaria de cada información sin conformarse con el reprocesamiento de verdades previamente masticadas y mucho menos rumiadas entre estómagos emponzoñados.  Sumergida durante cuatro años en un mercado de ideas extremadamente polarizadas y de opiniones sesgadas, del cual a nosotros, los nacionales, nos cuesta tomar distancias y permanecer asépticos, Lecumberri nos entrega una verdad dialogada y recogida desde el mismo lugar de los acontecimientos, desde la voz viva de los mismos protagonistas.
Y no es que necesitáramos a alguien que de afuera nos dijese lo que somos o lo que hacemos o dejamos de hacer con lo que somos, sino que el proceso tan controversial que vivimos, llamado “revolucionario”, no nos resulta fácil explicarlo sin que se nos perciba tomando partido por una u otra de las visiones, tan encontradas las mismas que, aún después de catorce años, algunas encuestas sobre los próximos comicios a realizarse dentro de pocos días hablan de “empates técnicos”. Sólo que, tener la oportunidad de leer a una periodista equilibrada, de competencias puestas a prueba en muchas zonas del mundo políticamente álgidas, como pueden ser el Irak o el Oriente Medio de sus respectivos conflictos históricos, que se ha interesado en observarnos y en hacer una fotografía de nosotros donde los altos contrastes consiguen modularse y calibrarse hasta alcanzar su apropiado nivel de gris, es una oportunidad de lujo y algo que a cualquier observador local le hubiera resultado más difícil de lograr, simplemente, por la necesaria toma de partido que a uno le corresponde hacer cuando se es arte y parte de algo que es tan tuyo como puede ser tu país, tu ciudad, tu familia, tus afectos y sentimientos.
Y de sentimientos es que, precisamente, nos habla Beatriz Lecumberri, tal como se desprende del título del libro que algunas personas –quién sabe si acertadamente- han asociado con temas de autoayuda. Llegándonos a afirmar esta joven española, que la verdadera revolución que se ha producido y experimentado en los últimos años en Venezuela es una Revolución en los Sentimientos de las personas. Hoy sentimos cosas que no sentíamos ayer. Odios nuevos y gratuitos, rencores fabricados de la nada, ofensas proferidas sin justificativo alguno, las cuales, de inmediato, se traducen en rabia o, cuanto menos, en incomprensión; revanchas diferidas, nuevas capacidades de perdón, renovados umbrales de tolerancia o intolerancia –como sea que quiera decirse-. Una verdadera Revolución Sentimental.
Empleando como esquema literario una mezcla de la crónica, la entrevista, y del diario de viaje, Lecumberri nos entrega, en cuarenta historias agrupadas en cuatro capítulos: Patria, Socialismo, Muerte y Venceremos, una obra de fácil lectura, fresca, honesta y diáfana donde apartando los pocos pasajes donde aparece su propia voz, entrega la palabra a muchos de los actores reales de esta recientísima historia de Venezuela, personajes éstos, con variados roles y posición social o política quienes a partir de lo que dicen, llegan a ser reflejo claro de lo que sienten. Pudiera alguien interesado exigirle a la autora una toma de partido, pero ella no juzga, ni a priori ni a posteriori, haciendo gala, en vez, de la rigurosidad propia del periodista profesional que busca con empeño la construcción de una verdad, si no absoluta, al menos cercana.
Así pues, tenemos en nuestras manos un espejo bastante fiel donde mirarnos y donde mirar a nuestro prójimo cercano, quien muchas veces creemos está en la acera de enfrente pero que, realmente, está tan cerca de nosotros como para que sea perfectamente posible llegar a ignorar la supuesta brecha que nos separa. Es cuestión de sentimientos, fundamentalmente. Y el ser humano, voluntariamente está preparado para adoptar posiciones flexibles y tolerantes en las cuales, sin ignorar los sagrados principios de la libertad ni los valores primordiales de una sana y productiva convivencia, puede siempre comprender al otro y hacerse comprender a sí mismo, en aras de una construcción social marcada por las leyes de la Evolución, que no revolución, que es lo único para lo que los humanos estamos hechos.









Manual para el más alla en el Papel Literario de El Nacional

Comparto con mis lectores la publicación que sobre 
Manual para el más allá 
hicera el 
Papel Literario de El Nacional, 
este pasado sábado 8 de septiembre.